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Querida Vero:

Había un tapiz en el sillón la otra tarde. Lo pusiste en el cuarto de tu hija como alfombra y me dijiste: “Mi mamá borda para no desbordarse, igual que mi hermana menor, mi abuela también bordaba; es una tradición familiar, todas tenemos esa facilidad manual; somos prolijas y habilidosas”. Creo que para vos pintar es también una manera de no desbordarte.

Cuando escriba sobre tus cuadros tengo que hablar sobre el oficio de pintor: del dominio envidiable que tenés de él. Tengo que contar que estuviste un año entero practicando la técnica del óleo pintando las distintas horas del día a través de tu ventana (¿Te acordás que escribí un poema sobre eso?).

Tengo que hablar de tu amor por los oficios, especialmente por la ebanistería; de la biblioteca que mandaste a hacer donde las partes encastran a la perfección;  del tiempo que tardó el carpintero, y el placer que te dio esperarlo.

No sé si los que vean tus obras notarán el cambio de escala de los personajes y la sutileza con la que alteraste los escenarios. Porque claramente son escenarios. Nada está puesto al azar. Cada personaje y objeto tiene una simbología determinada pero a la vez hermética.

Creo que la luz y las aparentes transformaciones que sufren los objetos a lo largo del día son los pilares de esta serie. Por eso cada cuadro lleva de título un horario.

También tengo que escribir sobre tus dibujos. ¡No se porqué me olvidaba! Es que son tan autosuficientes. No necesitan que se hable de ellos, se presentan solos. Estos dibujos son verdaderos cuentos y sabés que a los humanos nos encantan las historias. Y las escenas de tus dibujos son relatos que se vuelven hechizos. Porque los humanos también amamos el truco de la representación.

¿Notaste que la mayoría de los artistas que nos marcan sólo los hemos visto en reproducciones de libros? A veces construimos toda una obra en base a esas imágenes o a un texto escrito por un desconocido. Surge en nosotros una empatía estética que nos acompaña por años. Cito la frase que me mostraste ayer del libro sobre Malevich:

“No obstante, no se trata de figuras individualizadas, sino de emblemas, como indica el hieratismo congelado de la expresión y el carácter convencional y forzado en los gestos…Malevich sigue pintando íconos esquivos y visionarios”.

Contame más sobre la correspondencia que sentís con él.

Vero, el otro día saqué al azar un libro de la biblioteca para leerles a mis alumnos y mirá lo que encontré:

“En su trayectoria como pintor De Chirico habló con distintas voces, entró y salió con libertad de distintos registros pero, en algún sentido, el ámbito de toda su pintura es metafísico”… Yo creo que exactamente lo mismo podría decirse de vos… Hablando de textos, el que me mandaste sobre psicología transgeneracional me hizo pensar que siempre estás acompañada. Copio un fragmento:

“Por mi parte al igual que Singer, creo en los aparecidos. Creo que nos acosan hasta cierto punto tan familiar que vivimos con ellos casi sin darnos cuenta. Estos aparecidos no son necesariamente amenazantes. No nos hablan únicamente de lo absurdo de la muerte. Ellos están aquí también para ayudarnos a vivir.” 

Pienso en la supuesta coincidencia de que estuvieras haciendo la pintura negra justo cuando heredaste de tu abuela ese mueble chino; antiguo y de color negro con personajes en dorado que vos decís que están haciendo Reiki a las plantas.

Los personajes de tus cuadros me dan pistas sobre la clase de compañía que tenés por las noches… ¿Los animales y plantas con los que vivís guardan tu secreto? ¡Vero, qué va a pensar la gente de vos! Lo desconocido asusta y el miedo repele…

¿Te acordás que en el taller de Flores te acercaste a la pared para escuchar a mi vecino autista?: “es un llamado de la locura” me dijiste. ¿Qué esperás encontrar en él?

Querida Vero, si tuviera que inventarle un título a tu muestra le pondría Hermética.

                                                                              Mariana Vidal